SAGRADA COMUNIÓN

(Adaptación de La Leyenda del Muembe-guaraní)
Espera el indio dando vueltas alrededor de la aldea. Está enojado. Los caciques tienen palabra sin embargo esta vez un cacique ha traicionado la suya.
No busca enfrentarse a él sino raptar a la amada. Muchos soles se han detenido sobre la hierba desde que el cacique le prometió su hija a Chihy. Tal cual un objeto ahora, la ha ofrecido al mejor comprador, un rico cacique de las costas del Paraná. Si la tribu necesita alianzas ¿por qué la princesa debe renunciar al amor? ¡Chihy no lo permitirá!. Por eso está allí.
Hasta él llegan los ecos del llanto de la princesa que le corresponde en sentimientos. La noche protege a la aldea con su manta oscura y tibia. Cuando la paje que custodia la choza de la princesa se ha dormido el indio entra.
Se abrazan con fiebre, con calor contenido y ni una señal de vida viene de las lejanías cuando tomados de la mano hacia las espesuras corren. No van solos. Como jamás van solos los enamorados porque el amor les acompaña.
La vieja paje se despierta, los perros ladran con insistencia. Algún animal tal vez los distrae... Vuelve a dormirse.
La princesa y el indio siguen camino al infinito de la plenitud del amor. La pasión les sacude los tiernos corazones. El amanecer se acerca. Las cansadas piernas están agotadas y merecen un alto. Al despertar el sol es un disco redondo que todo lo descubre. Aún a ellos y al amor.
***
Gritos, pasos, trae la vegetación. Son los hombres que les buscan. Los hombres a mando del cacique que faltó a su palabra. Están rodeando a los dos que se abrazan. Los cazadores se acercan. Allí están Chihy y la princesa. Abrazándose, besándose. ¿Despidiéndose del amor que en breves instantes los hombres armados romperán en pedazos? ¡Un momento! ¿Qué se han hecho?
Los guardias de la aldea se miran atónitos. Chihy y la princesa están convirtiéndose... ¡En árbol! Un hermoso ibirá pita en el centro va cobijando con sus gruesos brazos un débil muembe que por él trepa, que a él se adhiere y se aprieta en encendido abrazo. Va siendo uno con él. Los amantes perduran el abrazo. Los amores americanos son de savia, aprenden a echar raíces en la tierra que les pertenece. Se hacen uno con ella. Son la misma tierra fértil que ningún acto estéril puede secar. Así lo ordenan los dioses de la América a lo largo y ancho del continente. Nuestros árboles son amores truncados que por decisión divina se reencuentran en el más allá donde el firmamento puede tocarse y dan vida nutriendo con la luz la clorofila que los transforma en unión trascendental. Por ello cada vez que cumplen la sagrada fotosíntesis hacen posible la vida nuestra. No es casual. El ibirá pita es la síntesis de una comunión sagrada que hombres y dioses americanos convirtieron ancestralmente en un rito diario para salvarse de los odios.