ENANOS DIABÓLICOS

(Adaptación de la Leyenda del Pombéro-guaraní)
Guyravera descansa en la choza mientras los pájaros nocturnos a su barriga henchida entonan canciones de cuna.
Itivere, el marido, observa las estrellas, oye la noche...
No muy lejos de allí, los akahendy escudriñan a Guyravera. Lunas atrás vienen rodeando al poblado. Esa choza les interesa. Los akahendy son pequeños, no miden más que un chico de once años, sus cuerpos están cubiertos de vellos que les crecen hasta en las palmas de las manos y en las plantas de los pies. Para marcar a las víctimas les basta con tocarlas, entonces, las niñas sienten un túmulo de extrañas sensaciones y para siempre cobijarán su alma en los abrazos de las sombras.
Guyravera tiene a su niña en la medianoche, a Itivere le punzan en el oído unos largos silbidos que trae el monte. Pero sólo advierte un tizón encendido que huye a gran velocidad. Y lo comprende todo.
El hombrecillo vestido de pieles, plumas y hojas acaba de hurtar el fuego de la vida de su niña recién alumbrada. Trata de perseguir al ladrón, pero el ladrón corre más rápido que el viento y puede mimetizarse con la naturaleza.
Desde esa maldita bendita medianoche Itivere trata de granjearse la amistad del enano. Bien sabido es que los akahendy aguardan las ofrendas de caña, tabaco y miel; las retribuyen con huevos de pájaros preciosos, panales llenos de dulce miel y otras exquisiteces que el monte cría.
Algo malo sucede... Los akahendy no retribuyen una sola ofrenda. ¡La niña, quieren a la niña! Esa bella niña que ha crecido y avergüenza a las mismas flores del tajy.
El padre siente que no le pertenece. La niña prefiere las sombras de la noche a la luz del día; es una atracción irrefrenable.
Allá, hacia lo más alto de la copa del árbol, la niña ha trepado. El pequeño individuo la ha visto y le acerca una fuentecilla repleta de transparente miel.
Todas las tardes la niña-desde ese encuentro- se dirige al monte, al árbol, y allí aguarda que venga su amigo con el dulce obsequio.
Iramara y Timbe conversan sobre los secretos del monte, sobre la libertad para recorrer sus senderos y frondosos parajes escondidos...
Los padres observan, con tristeza, como la indiecita los desprecia; han decidido llevarla lejos. Y lejos también, deciden los hombrecillos peludos, llevar a Iramara.
¿O no han resultado buenos los brebajes mágicos con que cada tarde Timbe invita a Iramara, la desobediente adolescente que desoyendo las órdenes de su noble madre escapa siesta tras siesta?
Itivere contempla el sueño de su esposa e hija, ya están listos todos los preparativos para partir a la salida del sol. Pero antes del sol la noche descuelga furibundos relámpagos haciendo estallar el seno de la noche guaraní en retorcidas serpientes... Sobre una de estas huye Iramara.
Ha sido un segundo.
El padre, desesperado, despierta a la mujer y juntos van por el monte, de la mano, tropezando, empapados por la porfiada lluvia que les golpea-recia-sin darles tregua. Alcanzan a divisar los matorrales... un grupo de enanos sube a la joven en un trono de troncos y Timbe, abrazado a ella, con ella comparte una bebida. Es un zumo mágico que doblega las voluntades hasta del más temible enemigo.
De pronto desaparecen a la vista de Itivere y Guyravera. El guerrero reúne un consejo de emergencia y todos los guerreros de la aldea parten rumbo a tierras de los akahendy.
Más allá, los akahendy chillan de placer fecundando a Itamara, zapatean, cantan, danzan, se arremolinan ante la juventud abriendo de par en par sus carnosos pétalos frescos... Ya nada puede hacer, hasta olvida que algo querría hacer cuando nuevamente siente correr por la garganta aquel riachuelo ácido y picante de los jugos akahendy.
Los enanillos sueñan con mejorar su raza y para ello deben unirse a las mujeres de la aldea.
Los guerreros llegan a las planicies de Karapegua...
¡Allí está Itamara! Corriendo al encuentro con su padre y abrazada a él, llora sin consuelo. Los guerreros incendian los matorrales. Por días se alzaron las llamas hasta tocar las nubes... Por días ardieron los cuerpos de los akahendy...
Itamara va en los brazos del padre. Se está poniendo helada y transpira demasiado... Cuando Itevere ve a su mujer correr a su alcance la alegría no dura un segundo, pues la joven en ese instante fallece.
Los padres enterraron el cadáver cerca de la aldea; y luego se retiraron a morir. En el impresionante incendio no murieron todos los diabólicos enanos, por ello, no es extraño ver hoy como desaparecen de los campos las ofrendas que los campesinos les dejan, y como son retribuidas por ellos. Lo terrible es que aún sueñan con mejorar la raza fecundando muchachas hermosas. Por ello, los más viejos, saben, que detrás de cada niña desaparecida en la selva, en los montes, hay un Timbe cerca ofreciendo fuentecillas de miel dulzona...