PASIÓN Y MUERTE EN EL PARAGUAY

( Adaptación de la Leyenda del Irupé- guaraní)
El negro manto salpicado de claras lentejuelas alumbra a la tribu acompañando las vírgenes doncellas que redondo círculo custodian las sedientas lenguas de las fogatas. Chiru cuenta sus hazañas guerreras. El vino de mandioca le endulza las historias. Ha llegado de la ciudad del oro y sus palabras muestran fiel reflejo de riquezas y opulencias. Sueña con la ciudad brillante y su aldea le parece tan poquito...
Las vírgenes doncellas siguen regalando ardientes cadencias a orillas del fuego. Llevan atuendos blancos y el fuego y los hombres se tiñen de rojo. También los cuerpos de las indiecitas se visten de tinte escarlata. Chiru las mira. Y entre ellas en una le llama el deseo. Se agita la sangre. Bullen efervescentes en él los ojos de ella.
-No puedes acercarte a ella.-Dice uno de los hombres para los que el deseo furioso que Chiru dispara en la mirada no le ha pasado desapercibido. –La maldición de Tupa cae sobre quien ose tocar a una sola...
Es que en Chiru también habla el espíritu del vino de mandioca, exigiéndole que se acerque a la doncella y le ofrezca sus brazos de árbol fuerte.
Y hasta ella va, se acerca, la acosa. La doncella como respuesta huye.
Por el monte va la liebre sintiendo el jaguar quebrando follajes...
Yacy le ha preparado un blanco traje de sedas almidonadas. La indiecita, extenuada, detiene en el río su andar desorientado. En el claro espejo la imagen contempla. Sobre la roca aprieta el talismán de la virginidad.
Crujen las ramas, las hojas. El monte se calla y el silencio es testigo del andar de la fiera que a su presa sorprende.
Los espíritus del alcohol hablan por él. Cuentan de las bondades de una huida. Si ella le sigue él le llevara a la ciudad donde todo reluce, a la ciudad bendita del oro. Puede darle un paraíso de brillos. Ante la promesa ella solo aprisiona con mayor tenacidad el débil amuleto. La magia tal vez no sea suficiente frente al exacerbado deseo de un hombre embriagado. Chiru se acerca a la roca. Va a treparla. Los ojos de la niña son faroles encendidos que cantar devuelve en tristes melodías.
A Chiru el vino de mandioca le pone palabras. A la virgen el río le habla con dulce son que aplaca el furor de las promesas del varón. Va trepando Chiru. Alcanzará la piel. Acaso ¿las bestias no retroceden ante él y se entregan a su lanza para ser doblegadas al fin? ¡Una doncella no debería negarse a la conquista de su abrazo! Sin embargo la indiecita prefiere el cálido abrazo de Yacy que en el fondo del espejo con ella sonríe. Salta hacia el abismo de insondable blancura y en él las estrellas la cargan en brazos.
El indio salta detrás. La salvará. Le pertenecerá. El cuerpo de la niña sigue hacia las profundidades el eterno viaje. Va a encontrarse con sus dioses. Chiru cree alcanzar la amada doncella y la toma del cabello. Al llegar a la superficie descubre que lo traía con vehemencia asida es una flor. Una corona majestuosa de pétalos carnosos como los labios de la indiecita. Los rosados bordes de la niña lleva la flor. El remanso la convirtió en flor, y el Paraguay se hizo río de coronas de ámbar. A la doncella que por salvar su honor se hizo flor, en premio los dioses le han regalado un traje de ámbar y rosas trocándole las lágrimas que en las orillas, sobre la roca, derramó triste en sonrisa eterna que viaja en la húmeda piel del río como velerito silencioso.