LOS HIJOS DEL SOL


(Adaptación de la Leyenda de la Creación-inca)
Inti bajó los redondos y amarillos ojos, los clavó en la superficie terrestre y, fijamente detuvo la cálida mirada sobe aquellas bestias: los hombres. El sagrado rostro adquirió grave expresión. Pensativo, se recostó en las nubes y echando hacia atrás la rubicunda cabellera la dorada fax iluminó las oscuras regiones de otros sitios estelares.
Al fin, decidió enviar dos hijos suyos a la tierra. Ambos treparon al rayo de luz y descendieron en el bellísimo lago Titicaca.
Traían el bastón de oro que Inti, el padre, les proporcionara; donde se clavara sin dificultad sería el lugar ideal para el asiento terrenal. Los hijos del Sol, embelesados, escudriñaron las direcciones de su nuevo destino.
El padre, Inti, había dicho:” cuando hayáis reducido esas gentes a nuestro servicio, los mantendréis en razón y justicia, con piedad, clemencia y mansedumbre, haciendo, en todo, oficio de padre piadoso para con sus hijos tiernos y amados, a imitación y semejanza mía, que a todo el mundo hago bien, que les doy mi luz y claridad para que vean y hagan sus haciendas y les caliento cuando han frío y crío sus pastos y sementeras, hago fructificar sus árboles y multiplico sus ganados, lluevo y sereno a sus tiempos y tengo cuidado de dar una vuelta cada día al mundo por ver las necesidades que en la Tierra se ofrecen para las proveer y socorrer como sustentador y bienhechor de las gentes. Quiero que vosotros imitéis este ejemplo como hijos míos, enviados a la Tierra solo para la doctrina y beneficio de esos hombres, que viven como bestias. Y desde luego os constituyo y nombro por Reyes y Señores de todas las gentes que así adotrinárades con vuestras buenas razones, obras y gobierno.”
Los seres, atónitos y asombrados ante el mágico desembarco sobre las aguas del lago de los seres que sobre ellas caminaron y se dirigieron a la orilla, guardaron silencio. Protegidos por los espesos follajes comenzaron a seguirles.
Estaban desnudos, no conocían de religión, justicia ni ciudades, vivían de frutos silvestres y carne cruda, permaneciendo al asecho en lúgubres cavernas en espera de víctimas.
Los hijos del dios solar,- ajenos a la muchedumbre que se congregaba y marchaba en silencio detrás de los matorrales-, intentaban hundir el bastón de oro allí donde el suelo parecía blando.
Los días y noches pasaban. Marchaban los dioses inmersos en la brillante aureola que esparcían las orejeras de bruñido oro que colgaban en las horadadas orejas; brillaban tanto como las joyas y vestimentas que lucían.
Los desnudos, ecandilados por los seres, continuaban –mudos- la marcha.
Manco Capac tomó la vara nuevamente...
Mama Ocllo rogó a las alturas.
Estaban en el cerro Huanacari. Sin ninguna dificultad el eje de oro penetró el negro centro... ¡ese era el sitio! Ombligo celeste... ¡capital del imperio del sol!. Los resplandecientes alzaron los brazos y la muchedumbre se acercó.
Los desnudos oyeron a los Reyes; luego, les adoraron, reverenciaron y obedecieron.
La reina convocó al Bajo Cuzco y el Inca, al Alto Cuzco.
Los hombres abandonaron la barbaridad para siempre.
Ellos cultivaron la tierra, construyeron viviendas...
Ellas hilaron las divinas hebras de llamas y vicuñas, el algodón tejieron...
Los hijos del dios vieron que la obra era buena y tomaron asiento, felices, en el trono del nuevo imperio americano.